El Servicio Militar – Es Bíblico

¿Las Santas Escrituras aprueban o desaprueban la participación de los seguidores de Cristo en la guerra militar? Esa es la pregunta que abordaremos en este estudio.

Por lo general, en la comunidad cristiana, la mayoría de las iglesias y estudiantes de la Biblia contestan esta pregunta con un titubeante “sí, los discípulos de Jesús pueden tomar armas físicas para pelear por su país.” El titubeo para decir “si” surge del reconocimiento casi universal de que la guerra es inherentemente mala y que nunca ha sido la perfecta voluntad de Dios. Pero todavía la consideran como el menor de dos males.

Los cristianos también podrían justificar su “si” a la guerra apelando al punto de vista histórico conocido como la teoría de la “guerra justa.” Ésta enseña que los fieles seguidores de Jesús no pueden servir en todas las guerras, solo pueden servir en guerras que cumplan con ciertos criterios ya establecidos.

La Iglesia de Dios (Séptimo Día), es una de las pocas iglesias que toma una postura más firme en contra de la guerra militar de lo que describen los párrafos anteriores. Nuestra renuencia para no apoyar a tomar las armas en el servicio militar a favor de nuestro país se basa en el ejemplo y enseñanzas de Jesucristo, el Señor y Salvador. Veamos que dicen.

Un Reino diferente

En un breve diálogo con el gobernador romano, Poncio Pilato, Jesús dijo estas palabras: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí (Juan 18:36). Unas horas antes, Jesús le había advertido a un furioso y belicoso Pedro, “Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52).

En estos dos versos, Jesús penetra al corazón de este asunto al contrastar la identidad y métodos de su reino con los reinos terrenales. En los reinos de este mundo, las naciones pelean unas contra otras con guerras y rumores de guerras. Naciones caen y se levantan por su fuerza militar o por falta de ellas. Se reclutan soldados al servicio para defender las fronteras nacionales o cruzándolas en los intereses nacionales. Por las mismas razones los soldados matan a otros soldados de otros países — algunos dándose cuenta de que cualquier soldado enemigo pudiera ser cristiano como ellos mismos — y se matan a sí mismos. Todas estas son prácticas comunes en los reinos de este mundo.

Cristo vino armado con una visión diferente del mundo, con una forma diferente de solucionar los conflictos, y un reino diferente que no está fundado por victorias militares ni que depende de poder físico para su defensa. A diferencia de los reinos terrenales, Jesús gobierna como Señor y Salvador sobre todos por medio de una cruz de sacrificio en lugar de una espada que domina. A diferencia de los reinos que rigen los territorios y tribus de la tierra, su trono trasciende fronteras nacionales para ejercer su reino en el corazón de los humanos.

Jesús introdujo un reino de Dios en el cual ambas cosas, territorio y guerra son espirituales. En éste reino, sus soldados visten una armadura diferente: el casco de la salvación, la coraza de justicia, el cinturón de la verdad y calzado del evangelio de paz (Efesios 6:11-16). Las armas que Jesús proporciona son el escudo de la fe y la espada del Espíritu — que es la palabra de Dios. En el reino de Cristo, los ciudadanos armados en esta forma están capacitados para ganar muchas improbables victorias amando a sus enemigos y cediendo derechos terrenales en una causa mayor.

Por lo cual, las palabras de Cristo a Pilato afirman que él tiene un reino donde él es el Rey (Juan 18:36, 37). Es un territorio espiritual, que consiste de corazones humanos y vidas que reconocen su señorío y se rinden a él. Todos los ciudadanos del reino de Cristo son llamados a su servicio y ellos forman su milicia (2 Corintios 10:1-5).

Ser ciudadanos del reino de Cristo no niega a sus seguidores su ciudadanía en los reinos terrenales. Sin embargo, les afirma, que donde los deberes chocan entre sí, lo que le pertenece a Cristo toma prioridad sobre lo que le pertenece al Cesar. Y el asunto de la guerra es uno en los cuales el llamado del Señor triunfa sobre el deber de los cristianos a su nación.

Antiguo y nuevo pacto

En la guerra militar, existe un contraste notable entre las prácticas del pueblo de Dios (Israel) y la iglesia. Bajo el antiguo pacto, Dios autorizó a Moisés, Josué, David y otros líderes hebreos de hacer guerra física contra las naciones que habían corrompido la tierra de Canaán con sus pecados, o que estaban amenazando al pueblo de Israel con invasión y servidumbre. Sin embargo, bajo el nuevo pacto en Cristo, el pueblo de Dios ya no se identifica principalmente con una entidad política como Israel; ahora vienen de todas las naciones.

En esta fe universal, ninguna nación terrenal tiene la autoridad de Dios para someter a otras naciones o apoderarse de su territorio llevando a cabo una guerra, tampoco Jesucristo autorizó a sus seguidores a servir en los ejércitos de ninguna nación terrena involucrada en la guerra militar.

Vemos este contraste en las palabras de Jesús, quien predicó a los que estaban bajo el dominio romano, “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43, 44).

Jesús no marcó la línea entre una nación y otra, sino entre los valores del cielo y la tierra. Por ejemplo, él enseñó a hacer tesoros en el cielo, no en enfocarnos en las posesiones terrenas que pueden ser robadas por los ladrones o tomadas por los ejércitos. Él le dijo a sus seguidores que huyeran de Jerusalén cuando la tuvieran cercada, no que participaran en su defensa. Él predijo que habría persecución de los creyentes y dijo que algunos serían puestos a muerte, pero ofreció muy pocas indicaciones de que deberíamos auto-defendernos contra esa posibilidad.

Al contrario, Jesús bendijo a los pacificadores y los perseguidos (vv. 9,10). Declaró que si alguien quiere tomar tu túnica, le dejes tener tu capa también (v. 40). Si un soldado romano te obliga a ir con él una milla, ve dos (v. 41). En el mismo contexto, también dijo, “Pero yo os digo: No resistan al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (v. 39).

Jesús enseñó que sus discípulos deberían pagar impuestos (“Den, pues, a Cesar lo que es de Cesar . . .” (22:21), aunque el Cesar no siempre los use honorablemente.

Según el apóstol Pablo, los gobiernos humanos juegan un papel ordenado por Dios de proveer seguridad para sus ciudadanos (Romanos 13:1-7). Pero Pablo nunca estaba animando a los cristianos a unirse a un sistema militar de defensa nacional, ya que hacerlo entraría en conflicto con las enseñanzas y prácticas de nuestro Señor. Los sistemas de gobierno de violencia que Dios providencialmente ordena y que usa soberanamente son parte del “mundo” al cual Pablo dijo a sus lectores que no se “conformaran” (12:2).

Más bien, mientras que los poderes practicaban la venganza y la ira (13:4), él enseñó a los cristianos en Roma, “No paguen a nadie con mal” (v. 17a), y después agregó:

Amados, no se venguen ustedes mismos sino dejen lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor. Más bien, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; pues haciendo esto, carbones encendidos amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido por el mal sino vence el mal con el bien (vv.19-21).

Por medio del Espíritu Santo, Cristo llena de poder a sus discípulos no para ganar a otros con nuestro ejército sino ganando valientemente a nuestros enemigos por medio del evangelio al rendir en amor sus corazones a él.

Siguiendo al cordero

¿Cómo debemos entender todo esto en el siglo veintiuno? ¿Debemos asumir que podemos participar en los conflictos militares como cualquier otro ciudadano? O ¿Debemos buscar y abrazar la perspectiva de Jesucristo para los ciudadanos del reino de Dios?

Para estar seguros, la vida y enseñanzas de Cristo levantan una medida diferente de la práctica común en varios asuntos. En lugar de seguir a una multitud a hacer el mal, los hijos de Dios escogen seguir las enseñanzas de Jesús y su ejemplo. Esto hace que surjan preguntas muy serias acerca de la participación de los cristianos en la guerra común.

Pablo dijo esto:

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:3-5).

Los profetas del Antiguo Testamento predijeron la venida del Príncipe de Paz y su reino, donde convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces, no alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra (Isaías 2:4; 9:6,7; Zacarías 9:10). Esta preciosa promesa espera la segunda venida del Señor para llenar a todo el mundo, pero para los discípulos de Jesús, este Rey y reino de paz llegó en forma inesperada con el inicio del ministerio de gracia y muerte en una cruz. El Cordero fue inmolado por todos los enemigos de Dios. Él hizo la paz, él es nuestra paz (Romanos 5:6-10; Efesios 2:11-17).

Las instrucciones de Jesús en el Sermón de la Montaña acerca de amar a los enemigos y ser pacificadores valientes en medio de la persecución es lo que conforma el carácter de sus discípulos a su propia obra sacrificial en la cruz. La ética que Jesús ordenó a sus discípulos es la misma ética que el encarnó en su muerte: “Padre . . . perdónalos” (Lucas 23:34). El pacifismo del evangelio tiene la forma de la cruz y depende del poder de la vida de resurrección. El llamado a tomar nuestra cruz es en realidad un llamado a arriesgar nuestras vidas para seguir a Jesús y proclamar la misma paz del reino de reconciliación al mundo que él predicó (Lucas 9:23, 24; 2 Corintios 5:14-21; Efesios 5:1, 2; 1 Pedro 2:21-24; 3:8-11).

Agradecidos por las bendiciones de nuestra herencia nacional y su defensa común, los cristianos deberían considerar la gracia y la verdad de Jesús como bendiciones mucho más grandes. Aquellos que confían en la fuerza física y en el armamento militar para ser defendidos quizá están olvidando que la mayor seguridad se encuentra en el Dios de los cielos y en su salvación por medio de Jesucristo.

No nos olvidemos de orar regularmente de vivir una vida tranquila y apacible, usando estas bendiciones para alcanzar a los perdidos con el evangelio de vida y paz (1 Timoteo 2:1-4). ¿Cómo puede un cristiano matar a otro por el que Jesús dio su vida?

Que cada seguidor de Cristo sea guiado por la Palabra de Dios y su Espíritu para discernir la voluntad del Señor en este asunto.

 

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