Muerte e Inmortalidad

¿Qué dice la Biblia?

Considere estos cuatro conceptos sobre el ser humano, su relación con la muerte y lo que hay después de ésta:

1. Los humanos son seres espirituales destinados a una serie de vidas futuras por medio de la reencarnación.

2. Los humanos son solamente animales destinados al olvido sin esperanza de tener vida después de la muerte.

3. Los humanos tienen cuerpos mortales cuya alma inmortal se va al cielo o al infierno cuando mueren.

4. Los humanos son seres mortales que morirán y resucitarán ya sea para vida eterna o para destrucción eterna.

En las escuelas de religión y filosofía, cada una de estas tiene sus maestros y seguidores.

El primer concepto, la reencarnación, dice que el hombre toma otro cuerpo ya sea de mayor o menor forma de vida al momento de morir. La reencarnación tiene una larga historia en las religiones orientales y ha crecido en occidente gracias a la influencia del pensamiento de la Nueva Era. Y dado que esta forma de pensar no tiene apoyo bíblico, no la consideraremos aquí.

El segundo concepto, dice que no existe vida después de la muerte, ésta es promovida por aquellos que rechazan la idea de un Dios personal y de un día futuro en donde habrá una recompensa o castigo para sus criaturas. Estas son las características del naturalismo metafísico, la creencia del callejón sin salida: Vivimos solo una vez; y morimos. Eso es todo.

El tercer concepto, la inmortalidad natural o la inmortalidad del alma, es una creencia ampliamente reconocida en el cristianismo. Los cristianos dicen que la inmortalidad es un atributo humano, y el alma de las personas va directamente al cielo o al infierno eterno cuando mueren. La muerte física es solamente una transición de un tipo de vida a otra en el futuro.

La inmortalidad del alma es una creencia muy atractiva y es lo suficientemente fuerte como para ganar no solo los corazones, sino también las mentes, de la mayoría de los cristianos modernos. Pero esta creencia tiene errores muy serios. Antes de ver algunos versos que se usan frecuentemente para defender esta creencia, vamos a examinar algunos de esos errores; y también el cuarto concepto — la inmortalidad condicional — mencionada arriba.

El Primer Error

El primer error en la teoría de la inmortalidad natural es que contradice el punto de vista del Antiguo Testamento en su forma de ver la naturaleza humana y lo substituye con un concepto hecho popular por el antiguo mundo pagano.

Los primeros hebreos veían al cuerpo humano y alma como una unidad indivisible.

Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente (Génesis 2:7).

En este pasaje, ser humano y estar vivo significa existir en un cuerpo y estar consciente con la habilidad de actuar e interactuar con lo creado. Esta existencia es física y terrestre, aunque depende del espíritu o aliento que Dios le dio, para recibir la vitalidad. Los textos del Antiguo Testamento no ven la existencia física y espiritual como algo opuesto ni tampoco como dos cosas contrarias, o como algo separado. Más bien, la palabra alma es usada como sinónimo para referirse a la persona en su totalidad:

Y todas las almas de los que salieron del muslo de Jacob, fueron setenta (Éxodo 1:5).

Mas él que no estuviere limpio, y no estuviere de viaje, si dejare de hacer la pascua, la tal alma será cortada de sus pueblos (Números 9:13).

Las escrituras hebreas no dicen que el alma sea algo separable que pueda existir sin el cuerpo. El morir significa que uno deja de tener existencia consciente. Morir significa que el cuerpo regresa al polvo y el espíritu (aliento o inicio de la vida) regresa a Dios que lo dio.

No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salud. Saldrá su espíritu, y vuelve a la tierra: En aquel día perecerán sus pensamientos (Salmos 146:3, 4).

Porque los que viven saben que han de morir: mas los muertos nada saben . . . También su amor, y su odio, y su envidia, feneció ya (Eclesiastés 9:5, 6).

Y el polvo se torne a la tierra, como era, y el espíritu se vuelva a Dios que lo dio (Eclesiastés 12:7).

Ninguno de estos textos sostiene el punto de vista de que la muerte es una puerta instantánea por la que un alma consciente entra al cielo o al infierno. Esta popular creencia se filtró a la iglesia por la influencia de la filosofía griega a principios de la era cristiana. Platón enseñó que toda realidad está dividida en categorías material y espiritual, y que lo espiritual (el alma) tiene una calidad eterna e invisible aparte de la material (el cuerpo).

El Segundo Error

A continuación, la teoría de la inmortalidad natural está en conflicto directo con tres enseñanzas clave de la fe cristiana:

  • La segunda venida de Cristo a la tierra.
  • La resurrección de los muertos de sus tumbas;
  • El gran Día del Juicio para toda la gente.

Si la enseñanza del alma inmortal fuera verdad, entonces estas tres promesas del evangelio no tendrían sentido. Estas son las razones.

  • Si las almas de los justos se van al cielo cuando mueren para estar con el Señor, y si la recompensa final de los justos es el cielo, entonces la razón principal de que el Señor regrese por su pueblo ya se ha cumplido. ¿Para qué vendría a recibir a su pueblo para sí mismo (Juan 14:1-3) si ya están con él en el cielo dese que murieron?
  • Si las almas inmortales de los justos que murieron ya están disfrutando vida eterna, entonces el propósito principal de la resurrección del cuerpo ya ha sido lograda. ¿Por qué razón deberían ser resucitados los muertos de sus tumbas (1 Corintios 15:52) si ya están disfrutando plenamente la presencia de Dios en el cielo?
  • Si los justos que ya murieron están con el Señor y los malvados en el infierno, entonces el propósito principal del gran Día del Juicio ya se ha cumplido (Mateo 25:31-33). ¿Cuál sería entonces el propósito de que Cristo llame a los justos y a los pecadores a juicio cuando regrese si ya están disfrutando de la recompensa o viviendo el castigo eterno?

Mientras se sugieren propósitos secundarios para estos tres eventos escatológicos, permanece la realidad que el propósito principal sería anulado por la teoría de inmortalidad natural. Este es el segundo gran error.

Una Mejor Respuesta

Cuando uno se encuentra con estos errores tan claros con la teoría de la inmortalidad natural, los estudiantes de la Biblia deben considerar los méritos del cuarto concepto mencionado arriba. Este punto de vista sostiene que la humanidad no tiene cierta esperanza para el más allá — una hermosa vida después de la muerte — excepto por medio de la verdad de la muerte de Jesucristo, su resurrección, y regreso para levantar a los muertos y darles inmortalidad.

Esta explicación recae en pilares firmes de una verdad revelada. Solamente Dios tiene el atributo inherente de la inmortalidad.

Al bienaventurado y soberano, Rey de reyes y Señor de señores; Quien sólo tiene inmortalidad, que habita en la luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver: al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amen (1 Timoteo 6: 15b, 16b).

Dios creo a Adán y Eva como mortales, sujetos a la muerte. En Génesis 3:22, el Señor expresa preocupación “. . . ahora pues porque no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre.” Adán y Eva habrían tenido que comer del Árbol de la Vida para haberse vuelto inmortales. Pero antes y después que entró el pecado, los seres humanos no eran innatamente inmortales.

El término alma inmortal nunca se menciona en las Escrituras. Además, a las personas nunca se les refiere como inmortales excepto cuando se habla como resultado de la resurrección que sucederá.

Nunca se ha dicho que nuestros cuerpos o nuestra alma sean intrínsecamente inmortales. Esto es más que un argumento de lo que no dicen las Escrituras. Nuestro Señor dijo que el cuerpo y alma pueden ser destruidos: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas al alma no pueden matar: temed antes a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). Ya que el alma puede ser destruida, entonces no es inmortal por naturaleza.

En esta vida los humanos permanecen como “mortales” (Salmo 146:3; 2 Corintios 5: 4). Todo el contenido del texto sagrado muestra que la humanidad está en un curso natural a la mortalidad y a la muerte. Solamente Dios tiene inmortalidad hoy día.

La Vida y la Muerte

De acuerdo a las escrituras todo hombre debe morir una vez.1

En el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres y en polvo serás tornado (Génesis 3:19).

Porque así como Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados (1 Corintios 15:22).

Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una vez y después el juicio (Hebreos 9:27).

En este punto son cruciales los significados morir y muerte en las Escrituras. La muerte es lo opuesto a la vida. Cuando la vida termina, comienza la muerte:

Por aquellos días Ezequías se enfermó gravemente y estuvo a punto de morir. El profeta Isaías hijo de Amos fue a verlo y le dijo: Así dice el Señor: “Pon tu casa en orden, porque vas a morir, y no te recuperarás” (Isaías 38:1).

Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:23).

De estos versos aprendemos que la vida y la muerte son mutuamente condiciones exclusivas. Si estás muerto, no estás vivo2 y vice versa. La enseñanza de las almas inmortales contradice este testimonio. Negar que la muerte es la ausencia de la vida hace que la muerte carezca de cualquier sentido.

Otros textos confirman que la muerte es un estado en el cual ya no existe la conciencia ni la actividad. Los muertos no planean, ni trabajan. Ya no tienen memoria, conocimiento o emociones:

Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el sepulcro, adonde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría (Eclesiastés 9:10).

Exhalan el espíritu, y vuelven al polvo: En aquel día perecerán sus pensamientos (Salmo 146:4).

No alabarán los muertos al Señor, ni cuantos descienden al silencio (Salmo 115:17).

Porque en la muerte no hay memoria de ti: ¿Quién te loará en el sepulcro? (Salmo 6:5).

A menudo la Biblia se refiere a la muerte como el sueño, y a la resurrección como despertar del sueño:

Y David durmió con sus padres, y fue sepultado en la ciudad de David (1 Reyes 2:10).

Dicho esto, les dijo después: Lázaro nuestro amigo duerme más voy a despertarle del sueño. Entonces pues, Jesús les dijo claramente: “Lázaro ha muerto” (Juan 11:11, 14).

Después apareció a más de quinientos hermanos juntos; de los cuales muchos viven aún, y otros son muertos (1 Corintios 15:6).

Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús. Por lo cual, os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros a los que durmieron (1 Tesalonicenses 4:13-15).

[Jesucristo] El cual murió por nosotros, para que o que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él (1 Tesalonicenses 5:10).

Al usar el sueño como una analogía de la palabra muerte, estos escritores no indicaron ninguna continuación de actividad humana. Ellos describieron la muerte similar al sueño normal en el cual estamos inconscientes, ajenos del paso del tiempo y sin comunicación. Esto concuerda con las descripciones de la muerte en los versos del Antiguo Testamento.

Resurrección y Juicio

La Biblia enseña que todos los seres humanos que han muerto serán resucitados de la tumba. Nuestra resurrección es tan cierta como la resurrección de Cristo a los tres días. En la futura resurrección la división de los justos y pecadores será clara para que todos la puedan ver.

Y si Cristo es predicado que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos Cristo tampoco resucitó: Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe. Y aun somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él haya levantado a Cristo; al cual no levantó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan tampoco Cristo resucitó: Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo son perdidos (1 Corintios 15:12-18).

No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; Y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron mal, a resurrección de condenación (Juan 5:28, 29).

En la resurrección, todos los que recibieron el regalo de Dios por medio de Cristo Jesús, serán transformados a seres inmortales aptos para el Reino eterno de Dios (1 Corintios 15:50-57). Pero aquellos que continúan rechazando el evangelio de Cristo y persisten en sus vida egoísta y pecaminosa, serán destruidos, en cuerpo y alma, en el lago de fuego (Mateo 25:41). Estos no vivirán en tormento eterno.3

La mayoría de los cristianos aceptan esta enseñanza acerca de la resurrección y el Día del Juicio. La pregunta crucial aquí es, “¿Cuándo?” ¿Cuándo serán resucitados los muertos? ¿Cuándo serán los justos y los pecadores separados para siempre y su recompensa repartida?

La respuesta de la Biblia es . . . ¡en la segunda venida de Cristo!

Los siguientes textos unen la resurrección y el juicio de los muertos con la segunda venida de Cristo a la tierra:

Requiero yo pues delante de Dios, y del Señor Jesucristo, que ha juzgar a los vivos y los muertos en su manifestación y en su reino . . . (2 Timoteo 4:1).

Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no seremos delanteros a los que durmieron. Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero: Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:15-17).

Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, los más miserables somos de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su orden: Cristo las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. En un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados (1 Corintios 15:19-23, 52).

A partir de estos dos versos, podemos concluir dos cosas: Que si no hay una segunda venida del Señor, entonces no hay resurrección de muertos. Y si no hay resurrección de muertos, entonces nosotros no tenemos esperanza — estamos entonces muertos en nuestros pecados.

La bendita esperanza de los cristianos no es que algún día vamos a morir e ir al cielo para estar con el Señor. La bendita esperanza es que nosotros, los mortales, seremos transformados en inmortales cuando nuestro Señor regrese a la tierra: “. . . esperando aquella esperanza bienaventurada, y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tito 2:13).

Hemos seguido las escrituras, para enseñar que la vida después de la muerte está completamente atada a las promesas del evangelio de la segunda venida de Cristo y la resurrección de los muertos. No tenemos ninguna otra promesa tan clara para el futuro, como el de la vida eterna.

Más y más estudiantes de la Biblia están reconociendo que la gracia y verdad de Cristo nos hace sentir seguros, no de la inmortalidad innata de nuestras almas, sino de la transformación de nuestros cuerpos y almas a la inmortalidad en la resurrección ¡cuando Cristo vuelva!

Un Regalo, No Una Posesión Natural

Las mejores posesiones en la vida son los regalos de Dios, y la número uno es la vida eterna. No es algo que tenemos naturalmente, la vida eterna es algo que Dios nos da por medio del evangelio. Si hubiéramos nacido con almas inmortales, entonces la vida eterna no dependiera de nuestra fe en Cristo. Aun si falláramos y no confiáramos en Cristo, esto no nos quitaría la vida eterna, porque las almas inmortales nunca mueren. La vida y la inmortalidad salen a la luz solo a través del evangelio:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna (Juan 3:16).

Mas ahora es manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte, y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (2 Timoteo 1:10).

Jesucristo, por medio de su vida, su muerte, y su resurrección, nos ha dado esperanza de escapar una segunda muerte, y de recibir una vida eterna y perfecta después de la muerte. Estas verdades están escritas en la Biblia: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:23).

Antes de resumir el caso de la mortalidad natural de los humanos y la promesa de la resurrección a una inmortalidad futura, vamos a ver unos textos que han sido usados para enseñar la naturaleza inmortal hoy en día.

Espíritus en Prisión

Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados . . . siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados; los cuales en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé (1 Pedro 3:18-20a).

Algunos proponen que este texto se refiere a la actividad de Cristo en las horas después de su muerte. Ellos creen que el espíritu de Cristo predicaba en los dominios de los “muertos” mientras su cuerpo estaba en la tumba por tres días.

Los detalles son importantes aquí. Estos versos dicen que fue por el Espíritu que Cristo predicaba a aquellos que desobedecían — cuando Noé estaba construyendo el arca. La predicación de la que se habla aquí era un hecho del preexistente Cristo por medio del Espíritu Santo, hablado por la boca de Noé: “Y si no perdonó al mundo viejo, mas guardó á Noé, pregonero de justicia, con otras siete personas, trayendo el diluvio sobre el mundo de malvados” (2 Pedro 2:5). Estas predicaciones fueron un acto de paciencia de Dios hacia aquellos viejos “espíritus encarcelados” — gente atada al pecado antes del diluvio.

No hay ninguna razón contundente para interpretar este pasaje como una experiencia que el Señor tuvo afuera de su cuerpo durante su entierro o para suponer que él predicó a espíritus conscientes en una prisión en el infierno. No es necesario concluir que Cristo, durante el tiempo que estuvo en la tumba, dirigió almas del infierno al cielo para siempre. La referencia a los días de Noé es razonable y no envuelve la especulación de una explicación alterna.

Ausentes del Cuerpo, Presentes con el Señor

Porque sabemos, que si la casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Y por esto también gemimos deseando ser sobrevestidos de aquella nuestra habitación celestial; puesto que en verdad habremos sido hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo, gemimos agravados; porque no quisiéramos ser desnudados, sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, el cual nos ha dado la prenda del espíritu (2 Corintios 5:1-5).

Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne, esto me será para fruto de la obra, no sé entonces qué escoger; porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de ser desatado y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor (Filipenses 1:21-23).

Estos pasajes enseñan la anticipación de la muerte de Pablo y lo que significaría en su relación con el Señor. Aunque el apóstol usa lenguaje que muchos interpretan como que él esperaba estar mentalmente con el Señor a la hora de su muerte, pero estos dos versos en realidad no dicen eso. Hay otros textos que nos llevan a una mejor explicación.

Crucial para entender estos dos textos es que la Biblia regularmente se refiere a la muerte como un sueño. Cuando uno duerme en la manera descrita en la Biblia como muerte (no pensamientos, ni emociones, etc.), el paso del tiempo es imperceptible.

Las palabras de Pablo sugieren que él no esperaba un estado intermedio de conciencia antes de que resucitara. El verso 3 de 2 Corintios 5, indica especialmente, su confianza que él no sería encontrado “desnudo,” por eje: un alma sin un cuerpo. Como lo dice en su primera carta a los Corintios, Pablo anticipaba que la muerte sería “absorbida por la vida” en la resurrección (15:52-55). Él esperaba que la próxima vez que se levantara sería en la presencia del Señor — espíritu, alma, y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23; Filipenses 1:10).

Pablo enseñó que un cuerpo resucitado no estaba solamente prometido para estar ante la presencia del Señor, ¡sino que también era requerida!

En la experiencia del creyente, el siguiente momento de estar consciente después de la muerte es estar en la “presencia del Señor.” Los muertos no están conscientes de la espera entre la muerte y la resurrección; están ajenos del paso del tiempo. Por eso, la expectación del apóstol es firme y verdadera.

Podemos sentirnos confortados al saber que cuando durmamos (muramos) con nuestra fe en Cristo, dormiremos seguros en su amor hasta la resurrección (1 Tesalonicenses 4:14; Romanos 14:8).

Las Almas Debajo Del Altar

Cuando el Cordero abrió el quinto sello, vi bajo del altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban en alta voz diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra? (Revelación 6:9, 10).

En una visión, Juan ve las almas de los mártires bajo el altar, esperando el juicio final de los que los mataron. Supongamos por un momento que una explicación literal de este verso es correcta. Entonces esas almas no están en la gloriosa presencia del Señor en las alturas. Más bien, están clamando a gran voz en dolor y descontento. “¿Hasta cuándo, Señor?” no describe una escena de felicidad para aquellos que han hecho el mayor sacrificio por su fe. Esta no puede ser la experiencia literal de los santos que se han ido para estar alegremente con el Señor en el cielo. En lugar de eso están sin resucitar, sin recompensa, y descontentos.

Este pasaje puede ser mejor entendido en la misma forma que Génesis 4:10, en donde el Señor le dice a Caín “la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” Así como la sangre de Abel “clamaba” desde la tierra, así las almas de los mártires que murieron claman debajo del altar. Las voces de estos mártires representan el anhelo de los santos de Dios del día cuando serán recompensados y los que los persiguieron serán castigados. Ellos obviamente no han recibido su herencia; y esperan el tiempo común de recompensa para todos los santos, como se expresa en Hebreos 11:40: “Proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados sin nosotros.” Entonces, Revelación 6:9, 10, debe ser entendido no literalmente sino figurativamente.

El Hombre Rico Y Lázaro

Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham: y murió también el rico y fue sepultado. Y en el infierno alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio a Abraham de lejos, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro que moje la punta de su dedo con agua, y refresque mi lengua; porque soy atormentado en esta llama” (Lucas 16:22-24).

No todos los detalles de esta parábola debieran tomarse como una enseñanza directa acerca de la muerte y la vida futura. Las parábolas nos fueron dadas para enseñarnos una lección particular. Si esta fuera una escena literal del cielo y del infiero, entonces:

  • los hombres ricos se van al infierno y los mendigos pobres se van al seno de Abraham;
  • el seno de Abraham es lo suficientemente grande como para albergar a todos los justos;
  • las almas incorpóreas poseen cuerpos físicos con ojos que ven, dedos que alcanzan cosas y lenguas sedientas;
  • el cielo no es un lugar perfectamente placentero y está muy cerca del infierno para que los residentes puedan hablar con aquellos que están del otro lado.

La historia de Jesús es una parábola acerca del destino final y de las cosas que elegimos aquí y ahora que lo determina. Obviamente no fue escrita para que la usemos como una descripción literal de lo que las personas experimentan al morir.

La lección particular de la parábola es poner atención a la convicción que trae la Palabra de Dios y arrepentirse. Esta se resume en sus líneas finales:

Pero Abraham dijo: “Tienen a Moisés y a los profetas. Que les escuchen a ellos. Entonces él dijo: ‘No, padre Abraham. Más bien, si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán’. Pero Abraham le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos’” (Lucas 16:29-31).

El Malhechor en la Cruz

Entonces Jesús le dijo: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

Comúnmente se cree que estas palabras que Cristo dijo al ladrón arrepentido que estaba en la cruz aseguran que ambos morirían y que estarían juntos en la presencia de Dios (paraíso) antes de que el día de la crucifixión terminara. Pero, ¿fue Jesús al paraíso el día que murió? No, tres días después en la mañana en que resucitó, le dijo a María que aún no había ascendido al cielo (paraíso).

Jesús le dijo, “No me toques: porque aún no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17).

La clara verdad del tiempo que Jesús estuvo en la tumba es que permaneció ahí hasta el momento de la resurrección, según lo dice este verso: “Hombres de Israel, oigan estas palabras: Jesús de Nazaret . . . fue entregado por el predeterminado consejo y el previo conocimiento de Dios, ustedes mataron clavándole en una cruz por manos de inicuos. A él, Dios lo resucitó, habiendo desatado los dolores de la muerte; puesto que era imposible que él quedara detenido bajo su dominio” (Hechos 2:22-24).

Por lo cual, la declaración de Jesús al ladrón que estaba en la cruz, no era una garantía del tiempo exacto cuando disfrutarían juntos el paraíso sino del hecho verdadero de que sucedería. Ya que en el texto original no existen comas, la palabra hoy en la respuesta de Jesús seguramente se refiere al momento que hizo la promesa y no al momento de llegar al paraíso. Por lo tanto, la petición del ladrón es hacia el futuro, pidiéndole a Jesús que lo recuerde cuando regrese, la respuesta de Jesús enfatiza su certeza actual: “Hoy te aseguro que estarás conmigo en el paraíso.”

Enseñanzas Claras

La promesa que hizo Jesús de regresar por su pueblo es una base sólida en la cual podemos edificar nuestra expectación de vida eterna. Esa promesa se repite decenas de veces en el Nuevo Testamento. La doctrina de nuestra resurrección es frecuentemente repetida en términos muy claros. El ser levantados del sepulcro, a la inmortalidad, es declarada sin ninguna equivocación. Estos son los pilares de la verdad en los cuales descansa nuestra esperanza.

Las teorías de la inmortalidad del alma y la reencarnación, habiendo originado en fuentes extra-bíblicas, contienen muy poco consuelo para aquellos que conocen bien las Escrituras. Existen muy pocas o nada de evidencias para estos conceptos. No son nada comparadas con la sólida evidencia bíblica de la vida, muerte, resurrección y regreso de Jesucristo en las cuales edificamos nuestra esperanza.

Nuestra seguridad de vida eterna no viene de especulaciones vacías acerca de la reencarnación ni de conceptos antiguos de inmortalidad natural. Tampoco vienen de reportes de personas que tuvieron experiencias cercanas a la muerte en las cuales dicen haber flotado por un túnel hacia una luz brillante y después regresaron. Nuestra confianza sobre la inmortalidad y la vida eterna para el justo viene de las claras enseñanzas de la Palabra de Dios:

  • Cuando un hombre muere, éste duerme “en Jesús” hasta la resurrección. No está consciente del cielo y el infierno, del paso del tiempo, de las dificultades y triunfos de los que aún viven. No está observando a sus seres queridos incrédulos quemarse en el infierno.
  • La experiencia de la inmortalidad y la vida en la grandiosa eternidad de Dios espera el regreso de Cristo y la consumación de las edades, cuando el poder transformador de su resurrección será visto completamente en nosotros.
  • Nosotros podemos recibir vida eterna e inmortalidad solamente como un regalo de Dios a través del evangelio, al creer en Jesucristo como Salvador y obedecerle como Señor.

1. Mientras que esto se da como regla general, las Escrituras reconocen las excepciones en 1 Corintios 15 y 1 Tesalonicenses 4: aquellos vivos cuando Cristo regrese.

2. Por supuesto, uno puede estar vivo físicamente pero muerto espiritualmente, pero ése no es el asunto que se trata aquí. Definir la muerte física como “separación de Dios” es un error que se comete comúnmente en el punto de vista popular de la muerte. Esta puede ser la definición de la muerte espiritual en las Escrituras, pero no de la muerte física.

3. Para una discusión más amplia sobre el destino del malvado, escríbanos para pedir nuestro folleto ¿Castigará Dios al impío para siempre?

 

A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960 es una marca registrada de la American Bible Society, y puede ser usada solamente bajo licencia.

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