La Ley del Señor

Una Bendición para el Pueblo de Dios

Bienaventurados los íntegros de camino, los que andan en la Ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios y con todo corazón lo buscan (Salmos 119:1, 2).

El Salmo 119 no solo es el capítulo más largo de la Biblia, también está lleno de alabanzas hacia la ley de Dios.

En su estructura acróstica, 22 secciones corresponden a las 22 letras del alfabeto hebreo, esa es solamente una de las formas en las que el salmista expresa la total bendición de la revelación de Dios, es decir, su ley.

Cada sección también contiene ocho estrofas (versos) en donde la palabra ley o un sinónimo (estatutos, preceptos, decretos, órdenes, palabras, promesas, leyes) se repiten en una gran celebración. Una o más de estas ocho palabras hebreas aparecen en 172 de los 176 versos de este salmo.

¡El efecto es asombrosamente inspirador! Por medio del Salmo 119, cristianos de todas las edades han aprendido que la ley de Dios es buena, justa y eterna; probada, verdadera y confiable; preciosa, dulce y maravillosa. La ley es todo esto, no se aísla, y es debido a la virtud en su relación con Dios. El salmista insiste diciendo, esos son Sus caminos y Su Palabra.

Por lo tanto, la ley, nunca se presenta sola como un fin en sí misma, sino que apunta hacia el Dador de la ley. “Guardar sus estatutos” va de la mano con “buscarlo con todo [tu] corazón (vv. 2). Lea cuidadosamente, y el Salmo 119 resulta ser tanto un canto de alabanza y petición al Señor, como un aplauso de admiración por su maravillosa Palabra.

Aquí está una pequeña muestra de cómo la ley trae bendición al pueblo de Dios, como dice el salmista:

Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras (v. 16).

Porque buenos son tus juicios. Puesto que he anhelado tus mandamientos (vv. 39b, 40a).

Para siempre, Jehová, permanece tu Palabra en los cielos (v. 89).

¡Cuánto amo yo tu ley! ¡Todo el día es ella mi meditación! (v. 97).

Maravillosos son tus testimonios; por eso los ha guardado mi alma (v. 129).

¡Siete veces al día te alabo por causa de tus justos juicios! (v. 164).

Muchos cristianos se estremecen ante tal forma de hablar, especialmente aquellos quienes han conocido la pesada carga del legalismo y que ahora se regocijan en la justicia bendita de la fe en la obra final de Jesús. Muchos consideran que la ley es algo que pertenece al antiguo pacto, que se ha convertido en algo obsoleto por la gracia y enseñanzas de Jesús. Piensan que ha sido remplazada por las dos grandes leyes del amor hacia Dios y hacia el prójimo.

Basados en las declaraciones del apóstol Pablo, hasta podrían considerar la ley como algo que mata, una obligación a la que los cristianos ya no están sujetos.

Por el otro lado, muchos de los sentimientos del salmista se repiten significativamente en el Nuevo Testamento por el mismo apóstol Pablo.

Por ejemplo, él escribió a los Romanos, diciendo que una ventaja única de ser judío es que a ellos les fue confiada la Palabra de Dios” (3:1, 2). Según Pablo, el evangelio de Dios se enseña en las Santas Escrituras (Antiguo Testamento 1:1, 2; 16:26), y lo menciona libremente.

En cuanto a la ley, específicamente, Pablo escribe como los gentiles la guardan y obedecen (2:26, 27; 8:4). Y les recuerda a los cristianos de cumplirla, a través del amor, los Diez Mandamientos junto con el Gran Mandamiento “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18), el cual dijo Pablo, que resume toda la ley (Romanos 13:8-10).

Además, no podemos dejar de ver la similitud que hay entre el salmo 119 y la epístola a los Romanos que el apóstol Pablo escribió con sus propias palabras:

¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley (3:31).

De manera que la ley ciertamente es santa; y el mandamiento es santo, justo y bueno (7:12).

Sabemos que la ley es espiritual . . . (v. 14a).

La ley es buena (v. 16b).

Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios (v. 22)

En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la ley de Dios . . . (v. 25a).

¿Cómo puede ser esto posible? ¿El apóstol de la gracia escribiendo tan positivamente acerca de la ley cuando aparentemente tenía muchas cosas negativas que decir de ella?

Veamos nuevamente la ley de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento. Vamos a entender su relevancia, si es que tiene alguna para los cristianos que han sido salvos por gracia, y no por su ley. Vamos a ver que significa la ley para aquellos que han sido redimidos por la sangre de Cristo y están vestidos de su justicia solamente por fe (Romanos 5:1, 2, 9, 17; 8:4; Efesios 2:6, 8; Gálatas 3:8; Apocalipsis 7:14).

Los Diez Mandamientos en el Sinaí

Cuando consideramos la ley de Dios, pensamos en los Diez Mandamientos, hablados por la voz de Dios y escritos con su propio dedo en tablas de piedra. Estos formaron una especie de constitución para el pueblo de Israel y sirvieron como el fundamento para todos los estatutos y decretos dados subsecuentemente a esa nación. Fueron una parte integral de la relación de Dios con su pueblo bajo el antiguo pacto. Los siguientes puntos, leídos junto con el salmo 119 son dignos de mencionarse:

1. Cuando los Israelitas llegaron al Monte Sinaí, donde recibieron los Diez Mandamientos, ya eran un pueblo redimido (Éxodo 20:2).

Israel ya había sido llamado por Dios para dejar Egipto y convertirse en su pueblo (6:6, 7). Ya habían puesto en práctica su fe al cubrirse con la sangre del cordero de la Pascua. Ya habían salido de la esclavitud de Egipto por la mano de Dios, y ya habían sido “bautizados” al atravesar las aguas divididas del mar (capítulos 12-15). A través de estos versos podemos ver que los Israelitas no fueron liberados de Egipto porque obedecieron los Diez Mandamientos. Más bien, se les ordenó obedecer en el Sinaí porque ya habían sido liberados del pecado de Egipto.

El orden de estos eventos es una poderosa lección para los cristianos. Ninguna ley, incluyendo los Diez Mandamientos, puede servirnos como medio de salvación. Ninguna ley puede mantener a alguien en una condición salvadora. La salvación es el regalo de Dios por medio de la gracia. La cual se recibe por medio de la fe en la sangre de Jesucristo y se mantiene por la fe continua en la sangre de Jesucristo.

¿Entonces, en donde encaja la ley? Nosotros le amamos y guardamos sus mandamientos “porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19—5:3).

El salmo 119 dice la misma verdad crucial: Salvación, redención, liberación y “vida” son regalos de Dios por su gran amor, no por la ley (vv. 134, 146, 154, 156, 170, 175). Su buena instrucción y nuestra amorosa obediencia seguirán el orden apropiado (vv. 97, 113, 163, 165).

2. Los mandamientos reflejan la gloria y naturaleza misma de Dios.

Las palabras de Dios son justas porque vienen de él. Para asegurarnos de esto, los Diez Mandamientos, como están escritos en Éxodo 20 y Deuteronomio 5, reflejan la cultura del pueblo a quien fueron dados originalmente. También es verdad que la mayoría están dirigidos en forma negativa, comenzando con un “No. . . .” Pero es de gran importancia recalcar que el precepto fundamental de cada mandamiento refleja el carácter de Dios. ¡La verdad de los Diez Mandamientos no puede ser cambiada, así como tampoco el carácter de Dios puede cambiar!

Dios es la inteligencia y poder final del universo. Por lo cual, es incorrecto que los seres humanos adoren algo o a alguien más, porque al hacerlo niegan la realidad de quien es Dios. También es un error invocar su nombre en cualquier manera que lo degrade, u olvidar el día que santificó para el bien de la humanidad (mandamientos 1-4). Al abstenernos de deshonrar, matar, adulterar, robar, mentir, y codiciar (mandamientos 5-10), respetamos el honor, la vida, la pureza sexual, la propiedad, reputación, e integridad de otros, porque esas cosas no son para que nosotros las destruyamos.

Por lo tanto, los preceptos y principios del decálogo reflejan la gloria del Creador eterno del universo. Y no pueden ser terminados, así como su gloria tampoco puede ser terminada.

El salmista demuestra esta relación esencial cuando canta, “Tú eres justo Señor, y tus leyes son justas . . . Todas tus palabras son verdaderas, todas tus leyes son justas y eternas” (Salmos 119:137, 160).

Los Diez Mandamientos Antes del Sinaí

Dado que los “mandamientos de Dios son ilimitados” sus “leyes justas . . . eternas” (vv. 96, 160), y que reflejan su naturaleza y gloria, no debería sorprendernos que formaran una gran parte de lo que era su voluntad para su pueblo antes del Monte Sinaí. De hecho, el libro de Génesis indica que los principios contenidos en los Diez Mandamientos fueron aceptados como la voluntad de Dios y quebrantarlos ¡era considerado un pecado!

Por ejemplo, el séptimo día fue santificado en la creación (Génesis 2:2, 3) y a los israelitas se les recordó eso (Éxodo 16), antes del cuarto mandamiento en Sinaí. Los problemas de Adán y Eva en el huerto empezaron cuando codiciaron el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 3:6), lo cual era una violación al décimo mandamiento. Cuando Caín mató a Abel, Dios lo castigó por homicidio (Génesis 4:5-13), sexto mandamiento. Jacob ordenó a su familia deshacerse de los ídolos (35:1-4), segundo mandamiento. José sabía que tener una aventura con la esposa de Potifar hubiera sido una “gran maldad y un pecado terrible en contra de Dios” (39:9), y Jacob sabía que robar era malo (30:33), séptimo y octavo mandamiento.

Lo que Dios dijo a Abraham 500 años antes del Sinaí es similar a la ley y a los temas de bendiciones del salmo 119: “todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente, por cuanto oyó Abraham mi voz y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Génesis 26:4, 5; compare con Deuteronomio 30:10).

En otras palabras, cuando Dios habló los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí, ¡no hubo sorpresas en su contenido! Para estar seguro, los israelitas no siempre habían seguido esas leyes, y quizá ni las habían obedecido o enseñado consistentemente en Egipto. Pero los principios del decálogo eran bien conocidos al pueblo de Dios antes del Monte Sinaí, aunque probablemente antes de eso los mandamientos no estaban en forma de códigos. Pero aun así, aunque no estaban escritos formalmente no significa que los mandamientos no existían, y el que se les diera un código en el Monte Sinaí no significa que eran algo nuevo en ninguna manera.

Pegándonos donde nos “Duele”

Ciertamente, nuestro Dios escogió con mucho cuidado y deliberadamente los principios que habló desde el Monte Sinaí. Él conocía la naturaleza de los seres humanos que había creado. Conocía sus debilidades y las áreas donde ellos probablemente podrían desviarse. Así como un barandal de protección, los mandamientos que pronunció eran para advertirnos, “¡No! ¡No hagas eso! ¡Sigue el camino correcto, o te vas a hacer daño!”

Como encontramos por todas las Escrituras, el salmista uso con frecuencia la metáfora de un camino. La vida es un viaje; y la ley ayuda a definir e iluminar la mejor forma de caminar: “Tu Palabra es una lámpara a mis pies, y una lumbrera a mi camino” (Salmos 119:1-5, 105).

El salmista dice que vivir de acuerdo a la Palabra de Dios, mantienen nuestros ojos en el camino de la pureza y preserva la vida. También nos prepara para “odiar cada camino equivocado” (vv. 9, 37, 128). Pero a menudo las personas prefieren dirigir sus propios pasos, encontrar su propio camino, y refugiarse en cosas tangibles para sentirse seguros en lugar de buscar la Palabra de Dios. Un gran número de dioses han sido adorados por la gente a través de las edades; incluso en la actualidad, tenemos al dinero, prosperidad, y posesiones materiales. Los mandamientos confrontan ésta área tan débil: “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen. . . .” Es parte de la naturaleza humana resistir a la autoridad — oponernos a nuestros padres, tener lujuria por el placer sexual, desear lo que otros tienen, protegernos a nosotros mismos con mentiras. También es parte de la naturaleza humana querer dedicar todo nuestro tiempo al trabajo o al placer personal. Quizá nuestro tiempo es lo más difícil de renunciar. Se necesita mucha fe para confiar en que Dios nos va a sostener por siete días, aunque solo trabajemos seis.

En su carta a Timoteo, Pablo explica el papel de la ley de atacar nuestra naturaleza rebelde:

Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente, conociendo esto: que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bienaventurado, que a mí me ha sido encomendado (1:8-11).

Entonces Dios sabía exactamente lo que estaba haciendo, estableciendo el camino de la ley en áreas importantes de nuestra humanidad, dirigiendo y protegiéndonos del sufrimiento que resulta de hacer lo que nuestra “naturaleza” nos dicta. De hecho, se ha dicho que no somos nosotros los que guardamos los mandamientos; ¡ellos son los que nos guardan a nosotros! Lo cual quiere decir, que nos guardan del dolor que resulta de dar rienda suelta a nuestros deseos carnales.

Nuestra tendencia a desviarnos del camino también es importante en el salmo 119. Después que el salmista clama, “Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviar de tus mandamientos.” Al comienzo del salmo, el concluye en el último verso, “Yo anduve errante como una oveja extraviada; busca a tu siervo . . . ” (vv. 10, 176).

La tendencia a desviarse es otra forma de decir que tenemos la tendencia de pecar al quebrantar la ley de Dios.

Esto nos lleva a nuestro próximo tema.

Apuntando hacia un Salvador

Al mismo tiempo que Dios, a través de los Diez Mandamientos, estaba mostrando a las personas como evitar gran parte del dolor individual y social, también estaba demostrando a los seres humanos que tan lejos habían caído de la santidad de Dios, que tan culpables somos del pecado y que tan desesperadamente necesitamos su perdón, su gracia y justificación. La ley es una bendición, no solamente nos enseña a diferenciar lo bueno de lo malo, pero especialmente nos muestra la necesidad que tenemos de un Salvador. Porque la ley condena el pecado en nosotros y nos lleva silenciosamente a nuestras rodillas (Romanos 3:19; 1 Corintios 15:56). Así como el salmista que no quiere pecar en contra de Dios sino que confiesa que es como una oveja perdida, así como el publicano en el templo, así debemos también nosotros clamar, “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” (Salmos 119:11, 176; Lucas 18:13).

La ley nos pone en la misma posición que el apóstol Pablo, quien confesó su inhabilidad de resistir completamente el pecado y quien aún se consideraba a sí mismo como el peor de los pecadores (lea Romanos 7:23-25 y 1 Timoteo 1:15). En estos versos, Pablo suena como el salmista, quien ama la ley pero no presume de que pueda salvarlo, sino como alguien que en lugar de eso clama a Dios por su compasión para que lo libere: “Venga a mi tu misericordia, Jehová; tu salvación, conforme a tu dicho” (119: 41, compare con los versos 76, 77, 88, 94, 134, 170 y los demás). Aquí vemos al salmista anticipando la obra de la gracia de Dios en el Mesías (Jesús) y en el nuevo pacto.

A los Gálatas, el apóstol Pablo les escribió que la ley era el instructor trayéndolos a Cristo (3:24). Por el contexto es claro que se estaba refiriendo al antiguo pacto completo y codificado del sistema legal, el cual fue añadido algunos 430 años después de la promesa inicial que Dios le hizo a Abraham. Este sistema legal sirvió como un maestro para enseñar a Israel acerca del pecado, sus consecuencias y su propia incapacidad de ser santo como Dios lo es.

Bajo el antiguo pacto, la ley, como nos advierte Deuteronomio 27-28, podría traer bendiciones por obedecer o maldición por no hacerlo. Debido al poder que tiene el pecado en el corazón del hombre, la ley, que tenía la intención de bendecir, vino a ser una maldición (Gálatas 3:13; Daniel 9:11). La ley misma profetizó este resultado, así como la solución del nuevo pacto que seguiría (Deuteronomio 30, 32). Aunque los cristianos ya no están bajo el antiguo pacto, la ley de Dios en su esencia, la cual refleja la santidad y la gloria de Dios y su voluntad para sus hijos, continua apuntando nuestro pecado y nuestra necesidad de un Salvador. Y sigue haciendo por nosotros lo mismo que hizo por Pablo y David. La ley nos confronta con nuestro pecado y nos lleva a estar de rodillas ante la misericordia de Dios y la cruz de Cristo (Salmo 51; 1 Timoteo 1:12-15).

¿Cómo Debemos Vivir?

Después que aceptamos el sacrificio de Jesús por fe y hemos sido reconciliados con Dios por medio de su gracia, ahora que somos hijos de Dios y estamos sentados en lugares celestiales en Jesucristo (Efesios 2:4-9), estamos obligados a preguntar, “¿Cómo quiere nuestro Padre que vivamos? ¿Qué desea que hagamos?”

Esto nos lleva de regreso a la Palabra de Dios, a “todas las Escrituras” y nuestro “entrenamiento en justicia” (2 Timoteo 3:16-17), de Génesis a Apocalipsis, incluyendo las instrucciones y preceptos del antiguo pacto entendido a la par y a través de las enseñanzas de Jesucristo (Mateo 5:17-48).

Cuando consideramos todos estos principios, leyes y ensñanzas, lo hacemos como personas que no están “bajo la ley” como medio de salvación, sino “bajo la gracia” y “en Cristo” por fe. ¡Ésto es el nuevo pacto! Aunque ya no estamos bajo esa particular y legal forma del pacto en el Sinaí, la ley eterna, moral que refleja la naturaleza, la gloria y la voluntad de Dios para la conducta humana, la cual existía antes del Sinaí, también continúa después del Calvario en el nuevo pacto (Jeremías 31:31-33; Hebreos 10: 16, 17). La forma que toma el pacto de Dios ha cambiado en Cristo, pero el contenido moral de la ley de Dios, y su poder para revelar el bien y el mal permanecen. Esto incluye lo básico, tales como los dos grandes mandamientos mencionados anteriormente: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) y “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5), de la cual Jesús dice, depende toda la ley y los profetas (Mateo 22:37-40).

Aclarando No Estamos “Bajo la Ley”

El apóstol Pablo declara repetidamente en sus escritos que los cristianos no están “bajo la ley” y que no son salvos por guardarla. Consideremos los siguientes pasajes de Romanos y Gálatas:

Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él . . . (Romanos 3:20).

Pues no estás bajo la ley, sino bajo la gracia (6:14).

Por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16).

Pero si son guiados por el Espíritu, no están bajo la ley (5:18).

Estas y otras declaraciones en los escritos de Pablo nos aclaran que no estamos bajo la ley en por lo menos tres maneras muy importantes:

1. No estamos bajo condenación por causa de la ley por haberla quebrantado, porque hemos sido rescatados del castigo del pecado (muerte) por la sangre de Jesucristo. El Nuevo Testamento dice que el pecado es la transgresión de la ley (Romanos 3:20; 5:20; 7:7-9; 1 Corintios 15:56; 1 Timoteo 1:9; Hebreos 10:17; Santiago 2:9; 1 Juan 3:4), y que uno de los propósitos de la ley es señalar el pecado. En su forma del antiguo pacto, la ley solamente podía traer el castigo de la condenación, pero “no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). En el nuevo pacto, el sacrificio de Jesús, previsto en la antigua ley sacrificial, nos ha liberado de la pena de muerte (la ley maldiciéndonos) y después del poder del pecado (nuestro propio quebrantamiento de la ley).

El salmista, al igual que Pablo, anticipa la libertad del dominio del pecado por medio de la intervención de gracia de nuestro Dios: “Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna maldad se enseñoree de mi” (Salmos 119:133).

2. Nuestra relación con Dios no está basada en ninguna ley, no en los Diez Mandamientos, no en “Ama a tu prójimo como a ti mismo,” ni siquiera en las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte. Si nuestra posición ante Dios estuviera basada en cualquiera de estas, sería legalismo. Pero Pablo es enfático. La ley no es un medio de salvación, para justificarnos delante de Dios, o para reconciliarnos con él. La ley nos muestra nuestro pecado y nos condena como pecadores que somos, pero no tiene poder para salvar o perdonar. Solo el sacrificio de nuestro Señor Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, puede llevarnos a formar parte de la familia de Dios. Solo la gracia y la justicia que nos es dada y que mantenemos por medio de la fe, puede lograr esto (Romanos 10:1-10).

Esta verdad es tan cierta para los creyentes del antiguo pacto como lo es para los del nuevo. Aunque el salmista alaba mucho la ley de Dios y desea obedecerla, lo que es más evidente en el salmo 119 es su cercana relación con Dios y la dependencia que tenía en su gracia: “Venga a mi tu misericordia, Jehová; tu salvación conforme a tu dicho” y ¡Tuyo soy yo, sálvame . . . ! (vv. 41, 94a). Aunque la obediencia a la voluntad de Dios es muy importante, la relación con él siempre se basa únicamente en su gracia.

3. Ya no estamos bajo la ley como se entiende “bajo” en el antiguo pacto. No necesitamos convertirnos en judíos por medio de la circuncisión, o confiar en los sacrificios del templo o en rituales sacerdotales para tratar con la culpa del pecado o su control sobre nosotros. Jesús inauguró un nuevo pacto por medio de su sangre (Lucas 22:20; Hebreos 12:24). Sin embargo, bajo este nuevo pacto, así como el antiguo, la confianza es seguida por la obediencia (Romanos 6:12-17). Todos los escritores del Nuevo Testamento dejan en claro que la fe genuina está viva, activa, y acompañada por una vida transformada (Gálatas 5:6; Efesios 2:10; Santiago 2:26), en donde el espíritu de la ley se vive desde el corazón. Pablo, por ejemplo, describe las prioridades para la vida cristiana de esta forma: “La circuncisión nada significa, y la incircuncisión nada significa; lo que importa es guardar los mandamientos de Dios” (1 Corintios 7:19). Esto resuena con las positivas enseñanzas del salmo 119 acerca de la ley y la vida moral que este salmo sostiene.

Positivos de la Ley

Para el apóstol Pablo, la relación fundamental de fe del nuevo pacto en Cristo por medio del Espíritu cumple remarcablemente con todas las cosas que la ley del antiguo pacto intentó pero que nunca pudo alcanzar; justicia y vida (Romanos 2:25-29; 8:1-10). Esto cumple la promesa de los profetas; conformidad con la voluntad santa y justa de Dios como se expresa en su ley (Jeremías 31:31-33; Ezequiel 36:25-27; 2 Corintios 3:2-10, 18; Hebreos 10:16, 17). Este tema de liberación de las limitaciones humanas inherentes y el futuro cumplimiento por iniciativa misericordiosa de Dios abunda en el salmo 119, y es la base del estado bendito y fundamental de obediencia que se presenta en sus dos primeros versos.

El apóstol Pablo, tenía la ley en alta estima. Al igual que el salmista, la consideró “santa, justa y buena” (Romanos 7:12, 22; Salmos 119: 70, 77). Estas declaraciones no contradicen las enseñanzas de Pablo acerca de no estar bajo la ley. Él nos ofrece una clara resolución a la aparente contradicción.

Solo Dios da vida (Romanos 8:11; Salmos119:40). La ley no es el medio por el cual entramos a la vida, o a una relación con Dios. ¡Jesús es! Sin embargo, como un reflejo de la naturaleza de Dios y su voluntad para su pueblo redimido, como medida de una conducta justa de aquellos que tienen una relación con Él por gracia, la ley es relevante, aplicable, y verdaderamente digna. Siempre perteneciendo a la vida del pacto, la ley está incrustada en lo nuevo de la misma manera que estaba en el antiguo: Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré” (Hebreos 10:16).

La vida esclavizada a la carne es “hostil para Dios. . .no se sujeta a la ley de Dios. . .y no puede complacer a Dios,” pero la vida en el Espíritu es contraria a esos tres (Romanos 8:7-10), justo como Ezequiel lo profetizó: “Y les daré otro corazón y pondré en ellos un nuevo espíritu . . . Para que anden en mis ordenanzas y guarden mis decretos” (11:19a, 20a).

La transformación del corazón, es central para el nuevo pacto, y para la compleja visión del Nuevo Testamento, también es esencial en el Salmo 119. El salmista ora catorce veces por su ”corazón” en referencia a la fidelidad a la ley de Dios. Se escucha un grito que anhela tener un corazón conforme al nuevo pacto:

Dame entendimiento, guardaré tu ley y la cumpliré de todo corazón . . . Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la avaricia (vv. 34, 36).

En una forma positiva, Pablo llama a la nueva relación del corazón con la ley bajo el nuevo pacto la “ley de la fe”, la “ley del espíritu de vida en Cristo Jesús”, y la “ley de Cristo” (Romanos 3:27; 8:2; Gálatas 6:2). Santiago describe la ley en la experiencia cristiana como “la perfecta ley que da libertad” y la “ley real que encontramos en las Escrituras” (1:25; 2:8). Juan se refiere a la orientación que tenemos hacia la ley en el nuevo pacto de la siguiente manera: “Este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos . . .” (1 Juan 5:3; compare con Juan 14:15).

Estos autores del Nuevo Testamento suenan como el salmista en el Salmo 119, quien podría hablar con tanta confianza sobre la bendición que es la ley de Dios y su Palabra. Sus palabras están firmemente fundamentadas en la fe de Cristo del nuevo pacto y en la obra transformadora de su Espíritu Santo. Nuestro Señor Jesús mismo, nos enseña como debemos entender y cumplir la ley en nuestras vidas, la cual el Nuevo Testamento resume como la ley del amor (Mateo 5:17-20; compare con Romanos 2:27; 8:4; 13:8; Gálatas 5:14; Santiago 2:8).

Analogía del Pacto

Digamos que usted firma un contrato de arrendamiento del sótano de una casa. El dueño de la casa vive en la parte de arriba. El contrato especifica que usted tiene que podar el césped, quitar la nieve, sacar su basura juntamente con la suya cada jueves en la mañana, llevar una vida tranquila etc. Usted conoce muy poco al dueño, y realmente no disfruta sus obligaciones, pero usted accede porque necesita un lugar para vivir.

Después, usted empieza a conocer y a respetar al dueño en forma personal. También el empieza a conocerlo a usted y a apreciarlo, poco más adelante, el dueño le revela que él es su padre biológico como resultado de un corto matrimonio que tuvo cuando era muy joven. Él le dice que usted es su único heredero, y que va a romper el contrato, y que usted puede seguir viviendo con él y que puede tener acceso a toda la casa. ¡Que bendición! Usted acepta.

¿Pero ahora que pasa con la podada del pasto, quitar la nieve y sacar la basura? ¿Pueden olvidarse estas obligaciones solo porque ya no hay un contrato? Al contrario, todavía necesitan realizarse, y no solo porque están escritas en un pedazo de papel sino porque todavía son parte de lo que el dueño — quien ahora es su padre— desea. Ahora usted realiza estas actividades y muchas más por amor y gratitud hacia su padre porque lo que usted quiere es complacerlo y porque algún día esa casa será suya. Usted empieza a ayudar a su padre en cosas que van más allá de lo que estaba escrito en el contrato.

En forma similar, la inmutable voluntad de Dios que se escribió en su “contrato de arrendamiento” con el antiguo pueblo de Israel es relevante para los creyentes que han sido redimidos en el siglo 21, aunque no estemos bajo ese contrato.

Pero ahora no solo obedecemos porque Éxodo 20 lo dice. Más bien, obedecemos por la razón fundamental de que complace a nuestro Padre y Redentor. En efecto, la voluntad de Dios ahora está escrita en nuestros corazones por medio de su Espíritu Santo, como lo dicen las Escrituras (Hebreos 10:15-18; Jeremías 31:31-34).

Cada día al levantarnos no empezamos a preguntarnos, “¿Qué tengo que hacer hoy?” sino “¿Cómo puedo complacer a mi Señor este día?” Para contestarnos esta pregunta, buscamos en todas las Escrituras — la Ley, los Profetas y los Salmos; los Evangelios, Hechos, los escritos del apóstol Pablo y de los otros apóstoles.

Para estar seguros, hay muchos elementos del antiguo pacto que ya no son importantes — así como en la analogía del contrato de arrendamiento, había términos del contrato escrito que dejaron de ser importantes después que el dueño de la casa lo rompió, como por ejemplo los pagos de renta. Ahora solo los principios básicos reflejados en los términos del contrato permanecen.

Por supuesto, no todos los cristianos estarán de acuerdo justamente en cuales enseñanzas del antiguo pacto todavía son importantes para aquellos salvos por gracia. Pero todo debería estar motivado por amor a Dios, no por un sentido de obligación para cumplir con los términos del antiguo “contrato de arrendamiento.”

Esta relación de nuevo pacto con Dios y su ley nos lleva totalmente al Salmo 119:1, 2 y a esas dos bendiciones para aquellos que caminan en la ley del Señor y lo buscan con todo su corazón.

Esta forma de vida fue ordenada desde el principio: “Guarden todos estos mandamientos que yo les prescribo para que los cumplan, y si aman a Jehová, su Dios, anden en todos sus caminos y síganlo a él” (Deuteronomio 11:22, compare con 5:33; 8:6; 10:12; 13:5; 19:9; 26:17; 28:9; 30:16).

Pero no fue hasta que el nuevo pacto fue establecido por Cristo y experimentado por medio del Espíritu, que este mandamiento de amar y obedecer a Dios finalmente se cumplió.

Esa bendita forma de vida en Jesús, anticipada por el salmista, ahora es manifestada por aquellos que “andan en novedad de vida . . . Para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu” (Romanos 6:4; 8:4; Juan 14:6).

Bendición Final

Por todo el Nuevo Testamento, Jesús, Pablo, Santiago y los otros apóstoles mencionan libremente las leyes del Antiguo Testamento, las únicas Escrituras existentes en ese tiempo. Ellos hacian mención de la ley muchas veces, repitiendo de palabra o en principio todos los Diez Mandamientos y otras muchas leyes del Antiguo Testamento, aun cuando afirman que nuestra justicia delante de Dios no puede ser ganada o retenida por observar las leyes. Ellos entienden perfectamente que la ley no es un medio de salvación. Pero como un reflejo de la naturaleza de Dios, como una norma de la conducta humana, y como una fuente para entender la voluntad de Dios para sus hijos, toda la ley de las Escrituras y los mandamientos específicos individuales que contiene son importantes.

El salmista también entendió estas distizy nciones, igual que Pablo. Las dos bendiciones del salmo 119:1, 2 para aquellos que caminan en la ley del Señor están balanceadas con las dos bendiciones del salmo 32:1, 2 para aquellos que han sido salvos por la gracia del Señor: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad.” Asi que al final, la bendición de la gracia y la verdad van de la mano: “Bienaventurado el hombre que en ti confia . . . Bienaventurado aquel . . . que en tu ley lo instruyes” (Salmos 84:12; 94:12). Tanto en el antiguo como en el nuevo pacto.

Por lo tanto, los cristianos deberían poder decir con todo su corazón junto con el salmista y el apóstol Pablo, “¡Oh, cuanto amo yo tu ley! . . . Tus estatutos son maravillosos . . . Si tu ley no hubiera sido mi delicia, habría perecido en mi aflicción . . . la ley es buena . . . Yo me deleito en la ley de Dios . . . Yo mismo con mi mente soy un esclavo de la ley de Dios.”

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