Dios y el Espíritu Santo

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el ayudante divino prometido que procede del Padre y del Hijo. El Espíritu es la presencia y el poder de Dios en el mundo y habita en los creyentes. Por el Espíritu Santo, Dios inspiró e ilumina las Escrituras; convence y regenera a los pecadores; santifica, enseña, consuela, guía y preserva a los creyentes y los capacita para el servicio. La evidencia del Espíritu Santo en la vida del creyente es la fe en Cristo, la obediencia a Dios y el fruto espiritual del amor.

A lo largo de la Biblia

El único y verdadero Dios que se ha revelado como un Padre personal y como Hijo ahora viene al mundo y habita entre su pueblo a través de la acción del Espíritu. Los textos de la Biblia hablan de esta agencia divina en términos diversos, por ejemplo: Espíritu Santo, Espíritu, Espíritu de Dios, Espíritu de Verdad y Espíritu de Cristo. Todos estos se refieren a la misma entidad.

La obra del Espíritu Santo como representante divino y la presencia personal de Dios en el mundo están bien establecidas en las Escrituras. Considere lo siguiente: La creación de Dios fue facilitada por su Espíritu (Génesis 1:2); Dios dijo a Moisés que Él había llenado con su Espíritu a Bezaleel, el cual le daría destreza en todo tipo de artesanía para la obra de construcción del tabernáculo (Éxodo 31:1-5); Sansón obtuvo su gran fuerza por el Espíritu del Señor (Jueces 14:6; 15:14). Saúl fue lleno del Espíritu de Dios y profetizó (1 Samuel 10:10); el Espíritu del Señor vino sobre David cuando Samuel lo ungió como Rey de Israel (1 Samuel 16:13).

El Espíritu Santo confirmó la identidad de Jesús a Juan el Bautista después de su bautismo (Mateo 3:16, 17; Marcos 1:10, 11; Lucas 3:22; Juan 1:32-34). El mismo Espíritu que habitó sin medida en Cristo, ha sido dado ahora para morar en los corazones de los santos de Dios hasta que vuelva el Señor para establecer su Reino (Juan 7:37-39; Hechos 2:38, 39). El Espíritu Santo revela a Jesús como el Cristo (1 Corintios 12:3). Pedro y Pablo, describieron el papel del Espíritu Santo en el origen de la Palabra escrita de Dios (2 Pedro 1:21; 2 Timoteo 3:16).

La promesa, la venida

La promesa más detallada de la venida del Espíritu se encuentra en el profeta Joel (2:28, 29): “Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano . . . En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.” Otros profetas hebreos también hablaron de la venida del Espíritu (Isaías 44:3; Ezequiel 36:27; 39:29).

Juan el Bautista, quien preparó el camino para el Mesías (Marcos 1:1-4), habló del bautismo en el Espíritu: “Después de mí viene uno más poderoso que yo . . . Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8; Mateo 3:11; Lucas 3:16). Jesús prometió que el Espíritu Santo sería dado a todos los que creyeran en Él (Juan 7:37-39).

Después de la resurrección de Jesús, instruyó a los discípulos que no se alejaran de Jerusalén, sino que esperaran “la promesa del Padre, de la cual les he hablado: Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo” (Hechos 1:4, 5; Lucas 24:49).

Estas promesas se cumplieron en el Día de Pentecostés, registrado en Hechos 2, cuando el Espíritu vino a morar con los discípulos de Jesús de una manera personal y permanente. Aunque el Espíritu había llenado o ungido a personas en el Antiguo Testamento, fue dado de una manera única por Jesucristo y se mantiene sobre y dentro de los seguidores de Jesús (Juan 14:17; Romanos 8:9; 1 Juan 2:27). En vez de tomar el lugar del Cristo ascendido, el Espíritu Santo en realidad ofrece su presencia en la Iglesia hasta que Él regrese. Esto lo hace al morar en cada creyente y transformarlo, como se describe en Juan 14:17, 18; Romanos 8:11; 1 Corintios 3:16; y 2 Corintios 3:17, 18.

Auxilio Divino

Jesús se refirió al Espíritu Santo como el Ayudante, Abogado, Consolador y Consejero. Estos términos se traducen de la palabra griega paraklete, que literalmente significa “ser llamado para proporcionar la ayuda necesaria o asistencia a nuestro lado.”

En su última enseñanza registrada antes de su muerte en la cruz, Jesús dijo a los discípulos precisamente qué tipo de asistencia aportaría el Espíritu Santo y como lo haría:

  • vendría a vivir con nosotros y permanecer aquí (Juan 14:16-18; Mateo 28:20).
  • enseñaría y nos recordaría todas las cosas que Jesús dijo (Juan 14:26; 1 Juan 2:27).
  • guiaría a los seguidores de Jesús a toda verdad (Juan 16:13; 1 Juan 2:27).
  • hablaría lo que el Padre y el Hijo le dicen acerca de las cosas que han de venir (Juan 16:13).
  • convencería al mundo acerca del pecado, de la justicia y del juicio (Juan 16:8-11).

Más tarde, el apóstol Pablo describió el ministerio asistencial del Espíritu. El Espíritu . . .

  • capacita a los creyentes para obedecer a Dios (Romanos 8: 5-9, 13);
  • intercede para ayudar a los creyentes a superar sus debilidades (v. 26);
  • da testimonio de Jesús (1 Corintios 12:3; véase Mateo 16:16, 17);
  • distribuye dones espirituales para la edificación de la Iglesia (1 Corintios 12:7-11);
  • produce fruto espiritual en la vida de los creyentes (Gálatas 5:22-25);
  • garantiza la intención de Dios de redimir y dar vida eterna a los santos (2 Corintios 1:21, 22; Efesios 1:13, 14);
  • preserva a los creyentes hasta que Jesús regrese (2 Corintios 1:21, 22);
  • santifica a los creyentes (Romanos 15:15, 16; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2).

Obras del Evangelio, frutos, dones

Justo antes de su partida, Jesús aseguró a sus discípulos que serían facultados para hacer la obra de Dios en el mundo cuando el Espíritu descendiera sobre ellos: “Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos . . .” (Hechos 1:8). Vemos el cumplimiento de esta promesa en el libro de los Hechos acerca de cómo Dios concedió dones e hizo milagros a través de los creyentes. Las epístolas dan testimonio del designio permanente de Dios para que la Iglesia sea un cuerpo milagrosamente dotado que se edifica así mismo, al igual que ministra el mundo exterior.

A través del Espíritu Santo, Dios trabaja también en la vida de los creyentes para perfeccionar un carácter santo que refleje la naturaleza divina de Cristo. “Su divino poder (el Espíritu) nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda . . .” (2 Pedro 1:3; también 4-8). Pablo describe las cualidades que necesitamos como el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22, 23).

Dios obra para la salvación de la humanidad a través de su Iglesia, facultada por el Espíritu. El Espíritu distribuye dones espirituales para equipar y habilitar a la Iglesia para llevar a cabo sus múltiples ministerios (1 Corintios 12:1-11; 27-31).

El Espíritu Santo inspiró la escritura de la Palabra de Dios (2 Pedro 1:20, 21; 2 Timoteo 3:16, 17) e ilumina las Escrituras (Juan 14:26; 15:26; 16:13; 1 Corintios 2:14; 1 Juan 2:27).

El Espíritu convence a los pecadores. Jesús describió la obra del Consejero que había de venir: Cuando Él venga, ”. . . convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia . . .” (Juan 16:8). Un ejemplo de esta convicción por el Espíritu se produjo durante el sermón de Pedro en el Día de Pentecostés: “Cuando oyeron esto, todos se sintieron profundamente conmovidos y les dijeron a Pedro y a los otros apóstoles, ‘Hermanos, ¿qué debemos hacer?’ . . . Así, pues, los que recibieron su mensaje fueron bautizados” (Hechos 2:37, 41).

La regeneración (nuevo nacimiento) de los pecadores en la Escritura es una obra del Espíritu Santo. Jesús aconsejó a Nicodemo que debeía someterse a un renacimiento espiritual para ver el Reino de Dios: “De veras te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5; véase también Romanos 8:13, 14; Tito 3:5).

El Espíritu no sólo enseña la Palabra de Dios (Juan 14:26; 16:13), sino que guía y dirige a los creyentes. El Espíritu dirigió al apóstol Pablo a ir a Macedonia en vez de Bitinia (Hechos 16:6-10; véase también Mateo 4:1; Lucas 4:1).

Pablo reconoció que Dios facultó a los creyentes para predicar el evangelio de Cristo a través de dones espirituales distribuidos por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:4-11; Efesios 4:11-13; véase también Hechos 10:37, 38).

La evidencia: fe, obediencia, amor

Una pregunta clave que debemos considerar aquí es ¿cómo sabe uno que ha recibido el Espíritu Santo?

La primera respuesta que se puede dar con confianza es la siguiente: Sabemos que hemos recibido el Espíritu de Dios cuando confiamos verdaderamente en Cristo y confesamos que Él es el Señor y Salvador de nuestras vidas. Esto es apoyado por las palabras de Pablo, “nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3b; véase también Juan 14:17; Gálatas 3:5, 14; 1 Juan 4:2).

Lo contrario de este vínculo entre la fe y el Espíritu es visto en Romanos 8:9b: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo.”

Una segunda prueba bíblica de la morada del Espíritu se muestra por los que andan en el camino de la obediencia espiritual a Dios y a su Palabra. Las Escrituras consideran la desobediencia persistente igual con resistir al Espíritu (Hechos 7:51), contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30) y apagar el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19).

El apóstol Juan marcó un fuerte vínculo entre el recibimiento del Espíritu y el guardar los mandamientos de Dios: “El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio” (1 Juan 3:24; véase también Hechos 5:32).

El indicador más claro que uno ha recibido del Espíritu de Dios y que camina conforme a él, es el fruto espiritual del amor. Pablo da preeminencia al amor en su lista del fruto del Espíritu, en Gálatas 5:22-23. Estas virtudes espirituales comprenden el carácter mismo de Dios (1 Juan 4:8, 16).

Para Pablo, el amor es el camino “más excelente” (1 Corintios 12:31). Por encima de todos los otros dones espirituales, dedicó el capítulo 13 a la excelencia del amor: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor” (v. 13).

Jesús afirmó que el amor es la prueba suprema. En el mismo contexto que Él presentó el Espíritu Santo como el Auxilio divino del cielo (Juan 14, 15, 16), instruyó a sus discípulos: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (13:34, 35).

Espíritu Santo: naturaleza y ¿persona?

¿Es el Espíritu Santo, entonces, una tercera persona de la Divinidad, como el Padre y el Hijo son personas? No hay ni una respuesta simple ni fórmula compleja por la cual la Divinidad cristiana pueda ser plenamente analizada y resumida totalmente.

Debido a que Dios es Santo y que Dios es Espíritu, nosotros deberíamos pensar que el Espíritu Santo es identificado con Dios en la manera más cercana posible. Cuando se mueve el Espíritu Santo, bien decimos “Dios se está moviendo entre su pueblo.” El Espíritu Santo es divino — no humano y no “otro Dios.” En vez de una “fuerza” impersonal de Dios o una “extensión” de Dios, el Espíritu Santo debe ser considerado como la presencia personal de Dios con y dentro de su pueblo en la tierra.

Cuando hablamos de Dios en el cielo — trascendente y distinto en su totalidad — pensamos en el Padre. Cuando hablamos de Dios en la tierra — inminente y conocido en términos humanos — pensamos en el Hijo. Cuando hablamos del Dios omnipresente — en la obra en el mundo y en nuestros corazones — pensamos en el Espíritu Santo. Aun así, confesamos un solo Dios Vivo y Verdadero quien se ha convertido en el todo para su pueblo.

Tenga en cuenta esta evidencia. El Espíritu Santo no se menciona en la mayoría de los saludos, bendiciones o doxologías (como sí se hace con el Padre y el Hijo). El Espíritu no está representado como entronado o que reina en el cielo (como sí se hace con el Padre y el Hijo). El Espíritu Santo no está registrado como adorado o como objeto de oraciones (como sí se hace con el Padre y el Hijo). El Espíritu Santo no se registra en comunicaciones de “Yo-Tú” con el Padre o el Hijo (como ellos lo hacen entre sí). Entonces es mejor pensar del Espíritu como la presencia personal del Padre y el Hijo en la tierra y dentro de los creyentes, en lugar de verlo como una tercera persona de la Divinidad en el mismo sentido que el Padre y el Hijo.

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